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Discursos del Santo Padre León XIV en la apertura y clausura del Consistorio extraordinario

 

Del 26 al 27 de junio del 2026, en el Vaticano, se

realizó el Consistorio extraordinario que reúne

al Colegio Cardenalicio con el Papa,

en dos días de intercambio.

 

Discurso de apertura

 

Queridos hermanos cardenales:

Les doy la bienvenida y les agradezco de corazón que hayan aceptado una vez más mi invitación. Su presencia manifiesta la solicitud por toda la Iglesia que compartimos en el servicio al Pueblo de Dios y a la misión que el Señor nos ha confiado.

En el Consistorio del pasado mes de enero expresé un deseo sencillo: que estos encuentros nos ayudaran a aprender cada vez más a «trabajar juntos en el servicio de la Iglesia» y a proseguir «una conversación que me ayude en el servicio de la misión de toda la Iglesia». No eran solamente palabras introductorias. Sigo pensando que esta es una de las responsabilidades más importantes confiadas al Colegio Cardenalicio. También nosotros, como toda la Iglesia, aprendemos caminando. La comunión nunca es un resultado adquirido de una vez para siempre: sigue siendo una conversión cotidiana, que toma forma en la oración y a través de actitudes concretas, relaciones de confianza y disponibilidad para escucharnos recíprocamente.

En estos meses he tenido ocasión de recordar varias veces que estamos llamados a ser constructores de la comunión de Cristo, una comunión que toma forma en una Iglesia sinodal en la que todos cooperan en la misma misión, cada uno según su propio carisma y su propio ministerio.

Como dije a la Curia Romana, esta comunión «se construye, más que con las palabras y los documentos, mediante gestos y actitudes concretos que deben manifestarse en lo cotidiano, también en el ambiente laboral» (Discurso a la Curia Romana en ocasión del saludo de Navidad, 22 diciembre 2025). No somos custodios de intereses particulares, sino «discípulos y testigos del Reino de Dios, llamados a ser en Cristo fermento de fraternidad universal» (ibid.).

Por este motivo he deseado que nuestro trabajo se concentrara en cuatro temas profundamente vinculados entre sí.

En primer lugar, estamos invitados a contemplar el mundo en el que la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio. Antes de preguntarnos qué hacer, es necesario detenernos ante la realidad, mirarla con los ojos de la fe y dejarnos interpelar por la escucha de los hermanos. Como recordé hace pocas semanas, «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia» (Homilía en la “Plaza de Cibeles”, Madrid, 7 junio 2026). También hoy el Señor sigue precediéndonos en la historia, y la Iglesia está llamada ante todo a reconocer su presencia.

Después reflexionaremos juntos sobre la cultura del poder y la civilización del amor. Muchos de ustedes provienen de tierras marcadas por la guerra, la violencia, la polarización social o religiosa. Pero ninguno de nosotros es ajeno a las muchas formas de conflicto, de abuso y de fractura que atraviesan hoy nuestras sociedades. Por eso, el discernimiento que estamos llamados a realizar nos concierne a todos e interpela la misión de la Iglesia en cada contexto. La encíclica Magnifica humanitas nos ofrece algunas claves preciosas para leer este tiempo. Me interesa sobre todo escuchar cómo resuenan estas páginas en sus Iglesias, qué interrogantes suscitan, qué perspectivas abren, qué pasos sugieren. En efecto, una encíclica continúa su camino cuando es acogida, interpretada y encarnada en la vida concreta de las Iglesias.

La tercera sesión profundizará nuevamente en la Magnifica humanitas, interrogándose sobre la contribución que la Iglesia puede ofrecer a la construcción del bien común. Vivimos en un tiempo en el que crece la tentación de la fragmentación y prevalecen fácilmente los intereses particulares. La Doctrina social de la Iglesia nos recuerda que el bien común no nace espontáneamente, sino que exige responsabilidades compartidas. Para la Iglesia, esto asume una forma muy precisa: un estilo sinodal al servicio de la misión del Reino. Lo recuerda la encíclica Magnifica humanitas en el n. 86, añadiendo que esto requiere atención al modo en que se toman las decisiones y se ejercen las responsabilidades, en la transparencia, la evaluación y la corresponsabilidad.

Finalmente, dedicaremos una sesión al camino de aplicación del Sínodo. Esta última sesión no abre un tema nuevo, sino que recoge y pone en relación cuanto habremos compartido en las sesiones anteriores. Ante las heridas del mundo, la construcción del bien común y la misión de la Iglesia, la sinodalidad indica un modo de proceder: escuchar, discernir y asumir juntos la responsabilidad de las decisiones que el Señor nos confía. La sinodalidad no es ante todo un conjunto de procedimientos; como he tenido ocasión de decir varias veces, la sinodalidad es una actitud, una apertura, una disponibilidad para comprender. A veces ha sido interpretada como una disminución de la autoridad. En realidad, nos ayuda a comprender más profundamente el significado de la autoridad misma, que existe para custodiar la comunión, favorecer la participación de todos y orientar el camino común de la Iglesia.

Estas cuatro sesiones encuentran su unidad en la perspectiva misionera que compartimos en el último Consistorio y que recordé en la carta del pasado mes de abril. No estamos aquí ante todo para reflexionar sobre la vida interna de la Iglesia.

Todos los temas que afrontaremos —la mirada sobre el mundo, la paz, el bien común, la sinodalidad— convergen en una única pregunta: ¿cómo podemos ayudar hoy a nuestras Iglesias a anunciar el Evangelio con mayor fidelidad, libertad y credibilidad? La misión no es una de las muchas tareas de la Iglesia. Es su razón de existir y, precisamente por eso, se convierte también en el criterio que orienta nuestro discernimiento. Cuando aprendemos a escucharnos, a llevar juntos las responsabilidades, a reconocer la acción del Espíritu en las diversas Iglesias, no estamos solamente mejorando nuestro modo de trabajar; estamos llegando a ser una Iglesia más capaz de encontrarse con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo y de darles testimonio de la alegría del Evangelio.

Por eso deseo pedirles una ayuda particular. El ministerio que el Señor me ha confiado no puede vivirse en soledad. Necesita de su experiencia, de su sabiduría pastoral, de su conocimiento de las Iglesias y de los pueblos que les han sido confiados. Cuento con ustedes para que me ayuden a discernir lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia. Necesito su apoyo: fuerte, explícito y público. Necesito sentirme sostenido por ustedes como por hermanos.

Les pido, por tanto, que me acompañen no sólo en estos días de trabajo, sino también en el servicio cotidiano a la comunión de la Iglesia universal. Ayúdenme a escuchar lo que emerge en las Iglesias, a reconocer los signos de esperanza que a menudo crecen en el silencio, pero también a no ignorar las fatigas, las incomprensiones y las resistencias que pueden ralentizar el camino. Necesito su libertad, su franqueza y su lealtad. Un consejo sincero es siempre un acto de comunión.

Les pido además que sostengan, cada uno en su propia Iglesia y en su propio ministerio, este estilo de discernimiento eclesial. Sé que exige paciencia y que a veces suscita interrogantes. Sin embargo, estoy convencido de que el Señor nos está enseñando una manera más evangélica de vivir juntos la responsabilidad que nos ha confiado. También de esto dependen la credibilidad de nuestro testimonio y la fecundidad de nuestra misión.

Deseo, por tanto, animarlos a vivir con convicción el trabajo en los grupos. Sé bien que, para muchos de nosotros, no es el modo habitual de desarrollar un Consistorio. Y, sin embargo, también esto forma parte del camino por el que el Señor nos está conduciendo. Naturalmente, quedará espacio también para las intervenciones personales y, como siempre, cada uno podrá hacerme llegar libremente observaciones o reflexiones reservadas. Pero les pido que entren con confianza en este ejercicio eclesial. También nosotros aprendemos la sinodalidad practicándola; aprendemos juntos a crecer en la comunión. Les agradezco desde ahora su disponibilidad, su libertad interior y su amor a la Iglesia.

Encomendemos estos días al Espíritu Santo, para que nos haga dóciles a su voz y nos conceda la gracia de buscar juntos aquello que mejor sirve al Evangelio y al bien del Pueblo de Dios.

Gracias.

 

Aula Pablo VI, Ciudad del Vaticano.

26 de junio del 2026.

 

 

Discurso de clausura

Antes de pasar a la reflexión conclusiva, deseo expresar nuestra solidaridad, la mía y la de todo el Colegio Cardenalicio, con la población de Venezuela, duramente afectada por el violento terremoto de estos días. Les aseguramos nuestras oraciones por las víctimas, por sus familias y por todos aquellos que sufren las consecuencias de esta tragedia. Encomendamos también al Señor a todos quienes participan en las labores de socorro y pedimos que no falte la solidaridad de la comunidad internacional hacia esa querida nación.

Queridos hermanos cardenales, llegamos ahora al final de estos días con un sentimiento de profunda gratitud. Les agradezco la libertad, la fraternidad y el sentido eclesial con los que han participado en nuestros trabajos. Me llevo conmigo no solo el contenido de sus reflexiones, sino también la experiencia que las hizo posibles. En estos días hemos buscado juntos la voluntad del Señor, con la convicción de que Cristo sigue obrando en su Iglesia: es Él quien nos precede, nos reúne, habla a través de los hermanos y nos guía en la misión. Todo nace de Él y todo vuelve a Él. Por eso, ver a cardenales procedentes de Iglesias, culturas y situaciones tan diversas escucharse mutuamente y buscar juntos lo que mejor sirve al Evangelio ha sido para mí motivo de consuelo y de esperanza.

Hemos iniciado estos días dejándonos guiar por la imagen del buen samaritano: un hombre que se detiene ante su hermano herido se conmueve en lo más profundo de su ser y lo atiende. Ahora quisiera despedirme con otra imagen evangélica: la de los discípulos de Emaús. También ellos caminan marcados por la tristeza y la decepción, pero el Señor se hace su compañero de camino, escucha sus preguntas, les explica las Escrituras, enciende sus corazones y transforma su camino. Me gusta pensar que lo que hemos vivido en estos días también tiene algo de esta experiencia: hemos caminado juntos, nos hemos escuchado mutuamente y, si le hemos dado espacio al Señor, Él ha reavivado la esperanza en nuestros corazones y ahora nos envía de regreso a nuestras Iglesias para retomar el camino con una mirada nueva.

La reflexión final sobre el camino sinodal nos ha ayudado a releer lo que hemos vivido en estos días. Me parece que la pregunta sobre la sinodalidad no es, ante todo: “¿Quién tiene el poder de decidir?”. La pregunta es más profunda: “¿Cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha confiado a su Iglesia?”. Cuando esta pregunta se convierte en el centro de nuestro discernimiento, también las cuestiones de la autoridad, la corresponsabilidad y las decisiones encuentran su lugar adecuado, iluminadas por la misión y la fidelidad común al Evangelio. Por ello, deseo confiarles una vez más el camino de implementación del Sínodo. Les pido que lo acompañen con convicción en las Iglesias a las que sirven, promoviendo una comprensión auténtica del mismo y animando a todos a participar en él: se trata de ayudar a nuestras Iglesias a crecer en un estilo cada vez más evangélico.

Les recuerdo, tal como lo hemos escuchado del cardenal Grech, que la sinodalidad no es un conjunto de reuniones, ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual. Nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento. La verdadera pregunta no es cuántas conversaciones sabremos organizar, sino qué calidad evangélica tendrán nuestros encuentros. Cuando nos escuchamos con humildad y libertad, dejando espacio al Espíritu, nuestras conversaciones no se quedan en un intercambio de ideas, sino que se convierten en un lugar de conversión, en el que crecemos juntos en la fidelidad al Señor.

Al pensar en las conversaciones de estos días, me quedo ante todo con la mirada con la que contemplaron el mundo en la primera sesión. Muchos de ustedes han relatado los sufrimientos provocados por las guerras, la violencia, la pobreza y las numerosas injusticias que marcan la vida de los pueblos. Sin embargo, no se han limitado a describirlos. Detrás de estos dramas han reconocido un sufrimiento aún más profundo: la soledad, la crisis de las relaciones, la pérdida de la esperanza, la dificultad de reconocerse mutuamente como hermanos y hermanas. Es una mirada que no aparta los ojos de las heridas del mundo, sino que busca sus raíces, reconociendo, a menudo ocultas en ellas, una renovada búsqueda de sentido, de autenticidad, de espiritualidad y de comunidad. Muchos buscan hoy esperanza y relaciones auténticas.

Me ha impresionado, en particular, la forma en que han hablado de los jóvenes. En sus preguntas, pero también en el sufrimiento que a veces los lleva hasta la desesperación —y en ocasiones hasta la desesperación extrema de quitarse la vida—, han reconocido una de las heridas más profundas de nuestro tiempo. Pero también han sabido reconocer en ello la acción del Espíritu. Su búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas y de sentido nos recuerda que el Evangelio sigue respondiendo a las expectativas más profundas del corazón humano. Escucharlos a ellos y a sus familias con humildad es también un camino a través del cual el Señor sigue convirtiendo a la Iglesia.

Muchos de ustedes también han recordado a la familia. Allí donde se la apoya y se la acompaña, crece una escuela de relaciones, de solidaridad y de esperanza; allí donde está herida o aislada, toda la sociedad sufre las consecuencias. En octubre tendremos un encuentro con los líderes de las Iglesias orientales y los presidentes de las Conferencias Episcopales para evaluar los avances logrados tras Amoris laetitia. También participarán algunas familias que compartirán sus experiencias. Su presencia es esencial; sin embargo, espero que todos los que asistan se preparen escuchando atentamente y aportando la experiencia de las familias de sus Iglesias.

De esta manera, han tratado de escuchar lo que las heridas del mundo revelan del corazón del ser humano. Es precisamente ahí, en el corazón, donde también se decide la paz. Antes de manifestarse en la historia, la guerra nace dentro de nosotros, cuando la desconfianza reemplaza a la confianza, el miedo a la esperanza y el otro es percibido como una amenaza. Pero es en ese mismo corazón donde Cristo sigue encontrándonos, hablándonos y convirtiéndonos. De un corazón reconciliado pueden surgir palabras desarmadas, nuevas relaciones y una paz capaz de llegar incluso a los pueblos.

La segunda sesión nos llevó a dar un paso más. Me parece que han captado con gran claridad una de las intuiciones de la Magnifica humanitas: la guerra no es solo un conflicto entre Estados. Nace mucho antes, de una cultura del poder que impregna nuestra forma de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer el poder, de utilizar la economía, la tecnología e incluso la religión. Si esta es la raíz de la crisis, la respuesta exige reconstruir una cultura de la cooperación y del diálogo, capaz de dar nueva fuerza también al multilateralismo, para que los pueblos vuelvan a aprender a buscar juntos el bien común de toda la familia humana. En este camino, la contribución de los fieles laicos comprometidos en la vida pública es esencial: necesitan la cercanía y el apoyo de la comunidad eclesial para vivir la «caridad política» que ustedes han recordado. La misma cultura de la cooperación crece a través del diálogo ecuménico e interreligioso, que no atenúa nuestra identidad cristiana, sino que la hace capaz de servir conjuntamente al bien común y a la paz.

He encontrado particularmente valioso el modo en que algunos de ustedes han abordado el tema de la respuesta no violenta frente a las múltiples formas de violencia. Se trata de una forma profundamente evangélica de vivir la historia, fruto de la contemplación de la manera de actuar de Jesús. No consiste en renunciar al conflicto ni en adoptar una actitud pasiva, sino en elegir enfrentarlo sin reproducir su lógica. No renuncia a la verdad ni calla el mal, sino que se niega a defenderla con violencia y a convertir al otro en enemigo: comienza por desarmarse a uno mismo. De este modo, revela la lógica de la Pascua, en la que el amor se manifiesta más fuerte que el odio y el perdón rompe la espiral de la venganza. Esta es la fuerza del Crucificado resucitado: una fuerza que no destruye al enemigo, sino que hace posible reencontrar a un hermano.

Desde esta perspectiva, varios grupos han destacado la oportunidad de continuar profundizando en el tema de la legítima defensa a la luz de las profundas transformaciones que se han producido en la naturaleza de los conflictos contemporáneos. Esta reflexión merece ser desarrollada aún más con el rigor teológico y pastoral necesario.

También he acogido con especial interés su insistencia en la Doctrina social de la Iglesia. Han expresado el deseo de que se convierta cada vez más en patrimonio vivo de nuestras comunidades, en criterio ordinario de formación de las conciencias y de discernimiento pastoral. Ella no ofrece soluciones preestablecidas, sino que educa a la Iglesia en una forma evangélica de vivir la realidad, interpretarla y orientar la acción de manera responsable.

También me ha llamado la atención otra convergencia. Muchos de ustedes han señalado que hoy en día el bien común no es simplemente un objetivo que hay que perseguir: es una realidad que debemos redescubrir juntos. Vivimos una época en la que resulta difícil incluso reconocer lo que es verdaderamente bueno para todos. Por eso, arraigada en Cristo, la Iglesia está llamada a cuidar los espacios de encuentro, de escucha y de diálogo en los que pueda madurar una cultura renovada del bien común. Esto exige también un laborioso trabajo educativo, que ayude a reconocer la dignidad inviolable de cada persona y la responsabilidad que nos une unos a otros. En este camino, los pobres no son solo destinatarios de nuestro cuidado, sino protagonistas de la esperanza que Dios sigue suscitando en la historia.

De muchas de sus reflexiones también surgió con fuerza otra convicción. Mientras nos preguntábamos sobre las responsabilidades de la Iglesia en el mundo de hoy, ustedes recordaron continuamente la importancia del testimonio, de la cercanía, de la formación de las conciencias y de la construcción de comunidades fraternas y creíbles. Este testimonio nace del encuentro con Cristo, de su Palabra y de los sacramentos, en los que el Señor sostiene a su pueblo y lo capacita para servir al mundo con la fuerza del Evangelio. La Iglesia está llamada a convertirse cada vez más en lo que proclama. Es sobre este fundamento que también las necesarias reformas de las estructuras, las instituciones y los procesos pueden dar fruto.

Así, estos días fortalecen mi esperanza. No solo por lo que hemos compartido, sino por la forma en que lo hemos hecho. En una época marcada por la polarización, incluso la manera en que la Iglesia escucha y dialoga se convierte en parte de su anuncio. Si sabemos seguir buscando juntos la voluntad del Señor, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, estoy seguro de que nuestra comunión se volverá cada vez más fecunda para la misión de la Iglesia y para el servicio a toda la familia humana.

Creo que, poco a poco, estamos redescubriendo el significado más auténtico del Consistorio: la reunión del Colegio de Cardenales en torno al Sucesor de Pedro para que, en la escucha recíproca y en el discernimiento común, el Espíritu Santo ayude al Papa a guiar a la Iglesia. No es un parlamento, ni un congreso en el que prevalezcan opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión. Lo que aprendemos a vivir en estos días no se refiere únicamente al Colegio Cardenalicio. Es un estilo que estamos llamados a promover en toda la Iglesia, para que cada bautizado, según su propia vocación y responsabilidad, participe en la construcción de la civilización del amor y en el servicio del bien común. Como ya les he adelantado, deseo continuar con esta cita anual también a partir del próximo año. Aún no he fijado la fecha: espero comunicársela hacia finales de este año.

Este Consistorio ha sido un momento valioso, pero no debe quedar como un evento aislado. En toda la Iglesia deseamos promover espacios en los que el Pueblo de Dios pueda escucharse, orar, discernir y caminar juntos. Esta es la esencia del proceso de implementación del Sínodo. Este será también el espíritu del próximo encuentro dedicado a Amoris laetitia y de muchas otras iniciativas que el Señor nos pedirá que vivamos. Lo que importa no es multiplicar los encuentros, sino aprender a vivir encuentros en los que, al escucharnos mutuamente, aprendamos juntos a escuchar al Señor.

Antes de concluir, deseo acoger el llamado unánime que ha surgido de este Consistorio y hacerlo mío. Es más, me gustaría que lo hiciéramos juntos, a través de estas palabras. Digámoslo a nuestros hermanos obispos, a las Iglesias confiadas a nuestro ministerio y a todos los pueblos de la tierra: Dios desea la paz para cada nación y para cada pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra. Dios sigue abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz. Tenemos la responsabilidad de recorrerlos con valentía y de ayudar al mundo a reconocerlos.

Hermanos, les agradezco de corazón su contribución, así como a los ponentes, a los moderadores y a todos aquellos que, con generosidad y discreción, han hecho posibles estos días de trabajo y de fraternidad. Gracias por haberme ayudado, una vez más, a reconocer la obra que Cristo sigue realizando en medio de su pueblo y en el mundo. Encomendemos los frutos de este Consistorio a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia. Que ella nos enseñe a custodiar la unidad en la diversidad y a servir al Evangelio de la paz con humildad, valentía y esperanza. ¡Gracias!

 

Aula Nueva del Sínodo, Ciudad del Vaticano.

27 de junio del 2026.

 

 

 

 

 

 

 



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