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La capilla del Seminario Mayor de Guadalajara hoy

Claudia Rueda Velázquez[1]

 

 

Si la apertura de la sede actual del Seminario Mayor tapatío (1950)

coronó la gestión episcopal de don José Garibi Rivera,

al frente desde 1936 de una Iglesia particular

que en lo tocante a la formación de sus ministros

recibió en las circunstancias más penosas,

el diseño del ámbito comunitario por excelencia

en un plantel de ese tipo sólo podía resolverlo como lo hizo

un coloso de la arquitectura tapatía, Pedro Castellanos,

desde su doble condición, la de profesional y la de presbítero.[2]

 

 

Exordio

Los seminarios conciliares son instituciones educativas creadas el 15 de junio de 1563 por un decreto del Concilio de Trento que les asignó el oficio de almáciga o semillero para cultivar los gérmenes vocacionales de varones deseosos de afinar bajo cierta disciplina y estilo de vida, su aptitud al estado eclesiástico, en los que como preparación al  estudio de las ciencias sagradas se implementó una ratio studiorum similar a la que ya estaban en boga entonces en las aulas europeas, derivadas del trívium y del quadrivium medievales en lo tocante a la educación media y media superior con la que concluía el bachillerato.

El Seminario Conciliar de Señor San José de Guadalajara, en la Provincia Eclesiástica de México (que iba de las Filipinas a Cuba, pasando por Santiago de Guatemala), abrió sus puertas en 1699, sólo antecedido en la Nueva España por el de la Puebla de los Ángeles (1643), el de la Santa Cruz de Antequera (1673) y el de Nuestra Señora de la Concepción de Chiapas (1678).

A lo largo de más de tres siglos esta encina secular ha tenido varias sedes –más de diez–, pero sólo cuatro proyectadas específicamente para tareas docentes y albergue para estudiantes de humanidades, filosofía y teología. Las otras se adaptaron para tales propósitos.[3]

De la primitiva casa (1699) sólo conocemos su trazo y superficie;[4] la segunda, con ligeras modificaciones, se conserva casi íntegra y funciona desde 1918 como Museo del Estado en toda una manzana; la tercera, de muy distinguida monumentalidad en sus tres pisos, también en una manzana casi completa, se incautó para convertirla en cuartel en 1914. Se salvó en su totalidad, y de algunos años a la fecha sirve de sede a la Secretaría de Cultura de Jalisco; la cuarta –la que más nos interesa–, se estrenó en el año lectivo de 1950-1951 y ocupa tres y media hectáreas al sudoeste de la zona fundacional de Guadalajara, en los límites de la colonia Chapalita –trazada por José Amezcua Rivas– y el fraccionamiento Jardines del Bosque –diseñado por Luis Barragán–, en el lindero sudoeste del municipio de Guadalajara con el de Zapopan y su proyecto y ejecución corrieron por cuenta del arquitecto y presbítero Pedro Castellanos Lambley (1902-1961), Peter para sus allegados, en recuerdo de su ascendencia inglesa por la línea materna.

Aunque a partir de la década de los 70 este conjunto ha sido manoseado sin el menor recato y con muy dudosos y hasta torpes resultados, lo que sí corresponde a su creador basta para mostrarnos un arquetipo modélico de espacios de esta naturaleza en una capital cuyo núcleo urbano antiguo tuvo en número copioso casas a cargo de corporaciones eclesiásticas con fines pastorales, educativos y sanitarios que llegaron a formar conjuntos arquitectónicos tan vastos que lo mismo fueron talleres, colegios y hospitales, que casas de recogimiento, monasterios y centros educativos y humanísticos.  

Ahora bien, como lo que no podía faltar en ellos es la capilla, y ésta, en muchísimos casos, tenía salida a la vía pública –que así lo recomendó el Concilio de Trento–, ejemplos muy buenos de ello le quedaron a la ciudad.[5]

De Guadalajara conviene recordar que se fundó con el rango de villa a principios de 1532 y alcanzó el de ciudad incluso antes de tener su asiento definitivo en el valle de Atemajac, 10 años después; que fue de las cinco poblaciones que no fueron de indios, entre decenas y decenas que sólo tuvieron esa categoría hasta la creación de los Ayuntamientos, en 1812; que en 1560 se convirtió en capital del reino de la Nueva Galicia en sustitución de Compostela, emplazada como estaba en un lugar tramontano, y en consecuencia también del Obispado, pero con resultados geográficos desfavorables para la atención pastoral de una diócesis donde la ciudad episcopal quedó situada en el lindero sur de un territorio que hacia el norte se extendió hasta la Unión Americana, incluso luego de la erección de la diócesis de la Nueva Vizcaya (1620), y así se mantuvo hasta la creación de la de Sonora, en 1777.

Entre los siglos xvi y xix el trazo urbano tapatío, reticular, quedó marcado en sus cuatro vientos por desarrollos arquitectónicos de una o más manzanas; por ejemplo, el convento del Carmen, al poniente, el equivalente a doce, el de Santa María de Gracia, a seis, el Hospital de Belén y la Casa de Misericordia a doce, bloques que naturalmente ejercieron “un cierto tipo de control sobre su zona de influencia”,[6] hasta que los obuses de la toma de Guadalajara en 1860 y la picota del anticlericalismo de los años venideros tuviesen durante muchos años cantera para practicar de forma sistemática demoliciones por quítame allá esas pajas, siendo la alineación de las calles de la capital el argumento más usado.

El año de 1940 coincide en el municipio de Guadalajara con un desarrollo enorme de zonas habitacionales que invaden lo que hasta entonces eran áreas verdes, pastizales y campos de cultivo, y se impone el establecimiento de nuevas colonias y fraccionamientos, junto con el abandono de vecinos de la zona fundacional. Esto también implicó, desde luego, la necesidad de construir conjuntos pastorales y templos la más de las veces sobre terrenos municipales para usos públicos, cedidos en comodato a la Diócesis incluso antes de que se diera reconocimiento legal a las asociaciones religiosas (1992).

***

El Colegio Tridentino de Señor San José de Guadalajara se erigió por decreto del Obispo electo Fray Felipe Galindo y Chávez, op, el 9 de septiembre de 1696. Sufragó la obra material don Pedro de Arcarazo, tesorero del Obispado, y para su sostenimiento se gravó con un “pensión conciliar” las rentas de las parroquias –menos de cien en este tiempo–, equivalente al tres por ciento del ingreso neto de la fábrica material.

La primitiva casa quedó adosada al lado del Santuario de la Soledad y al filo de la plazuela de ese nombre, de modo que su ingreso principal veía a la fachada norte de la Catedral. De la obra sólo nos queda un plano coetáneo.[7] Antes de que transcurrieran cincuenta años, al ser insuficientes las aulas y los dormitorios, don Juan Gómez de Parada patrocinó el enorme y sólido alcázar construido sin ahorrar en gastos al oriente del primitivo seminario, calle de por medio. Se conserva casi íntegro e inconcluso, y bien se le puede tener como uno de los edificios que más contribuyó, en su tiempo, a consolidar la traza señera de los edificios notables de la zona más vistosa e importante de la ciudad, comenzando por su partido arquitectónico, que es el de patio en medio (claustro), conectado con otros tres secundarios (los de los dormitorios comunes y las áreas servicios), aunque sirviéndole el del septentrión a guisa de atrio de su capilla, que describiremos a continuación.

Se trata de un recinto de una sola nave de planta rectangular y buena altura, cubierta por dos bóvedas de arista y cúpula semiesférica sobre un tambor de planta octogonal; corre de este a oeste y su retablo no debe ser ya el primitivo, pues es de cal y canto y de diseño sobrio, al modo de lo planteado por Jacopo Vignola, muy al gusto del siglo xix.

La tercera sede del plantel levítico la proyectó y le dio vida Antonio Arróniz Topete, entre 1892 y 1914, gracias al mecenazgo del Arzobispo Pedro Loza, y ocupó el lugar donde antes estuvo el convento de las monjas agustinas recoletas, salvándose tan solo de éste conjunto el templo de Santa Mónica, joya del barroco indocristiano en el Nuevo Mundo.

De 1914 a 1951 la vida del Seminario de Guadalajara fue errática y no pocas veces imposible, al calor de uno de los párrafos del artículo 130 constitucional (apretado resumen de las leyes de reforma), según el cual

 

Por ningún motivo se revalidará, otorgará dispensa o se determinará cualquier otro trámite que tenga por fin validez en los cursos oficiales, a estudios hechos en los establecimientos destinados a la enseñanza profesional de los ministros de los cultos. La autoridad que infrinja esta disposición será penalmente responsable, y la dispensa o trámite referidos será nulo y traerá consigo la nulidad del título profesional para cuya obtención haya sido parte la infracción de este precepto.

 

Y es que interpretada en sentido restrictivo esta norma, parece mandar a las autoridades públicas que proscribieran los seminarios, clausuraran sus instalaciones y consignaran a la autoridad judicial a su personal administrativo y docente, y así se procedió en los largos años que van de 1918 a 1940, lapso durante el cual los seminarios conciliares en México subsistieron en el exilio –Castroville, Texas y Montezuma, Nuevo México y el de Guadalajara incluso en Bilbao de 1927 a 1930– o en grupos dispersos en casas particulares, en sacristías y en bodegas, siempre a salto de mata y en instalaciones incómodas, hasta finales de los años 30.

En 1939, el cese de hostilidades a las diócesis de parte del gobierno permitió al responsable del Obispado tapatío (que ya para esas fechas se extendía tan sólo sobre unos 70 mil kilómetros cuadrados), don José Garibi Rivera, adquirir las instalaciones del edificio que se edificó para servir al hospital de San Martín de Tours para enfermos mentales, y a la escuela de San Simón, acondicionándolos para uso del Seminario en tanto se construía una nueva y mejor casa.

Ésta fue la circunstancia en la que se gestó el actual Seminario Mayor de Guadalajara como obra arquitectónica de gran envergadura, ubicada ya no en la zona fundacional de la capital sino casi en despoblado, donde apenas estaban trazadas la colonia Chapalita oriente y el fraccionamiento Jardines del Bosque.

Por lo dicho, estamos seguros que más allá del altruismo del fraccionador don José Aguilar Figueroa, que donó a la Arquidiócesis las tres y media hectáreas para que se construyera el Seminario, llevarlo a cabo fue también un pivote a favor de la estructuración urbana del surponiente de Guadalajara y su ubicación un detonador para la expansión de la incipiente urbe a ese viento.

Ahora bien, lo que aquí interesa analizar uniendo datos hasta el momento dispersos tiene que ver con la capilla y su función estructuradora del proyecto, pues al igual que el complejo del que forma parte fue determinante en la configuración de la traza y estructura de ese rumbo de la ciudad, la capilla ocupa la posición con más carga estratégica y simbólica del conjunto.

Analicemos ahora, a partir de este planteamiento, el papel que pasó a tener la capilla del Seminario Mayor de Guadalajara como configuradora del proyecto material del conjunto desde la pericia de Pedro Castellanos Lambley, tan matizada en la segunda parte de su vida profesional por la arquitectura religiosa y los conjuntos pastorales, según lo que insinuaremos más adelante a propósito de quien integró a su oficio las dos etapas de su itinerario existencial, una residencia para mortales y una morada para el Altísimo.

Lo anterior nos pide explicar algo del contexto social que facilitó ejecutar una obra de tanta envergadura todavía en tiempos de inseguridad jurídica para tales instalaciones, para continuar luego con un análisis de la distribución ambiental que le dio al conjunto Pedro Castellanos, centrándonos, finalmente, en el caso de la capilla.

 

1.    Pedro Castellanos y la oficina de Arte Sacro en Guadalajara

 

De sobra consciente de los enormes retos de su encomienda como vi Arzobispo de Guadalajara, don José Garibi Rivera, que se fogueó en el cargo los años que van de 1930 a 1936, primero como Obispo auxiliar y luego como Arzobispo coadjutor con derecho a sucesión, y después ya como residencial de este último año al de la aceptación de su renuncia, en 1969, tuvo como premisa de su pontificado reconciliar a la Iglesia con la sociedad y el gobierno luego de la guerra cristera, que se dio en el seno de una cultura católica en su núcleo sustancial pero al capricho de una legislación civil anticlerical a más no poder e incluso hostil al postulado de la libertad religiosa.

Negarle personalidad jurídica a la Iglesia cuando la fe católica era abrumadoramente mayoritaria entre los mexicanos provocó en todos esos años, hasta 1992, un estatus de ficción legal entre el derecho y el hecho, ya que según la Constitución Federal todos los inmuebles relacionados con el culto público sólo por eso eran propiedad de la nación (término gelatinoso y ambivalente), de modo que el gobierno podía disponer de ellos de forma discrecional, en tanto que para subsistir así sólo era posible apelando a prestanombres y testaferros.

Debido a esas circunstancias, durante el gobierno episcopal de don José Garibi Rivera hubo necesidad de construir, remodelar y adaptar dentro y fuera de la capital de Jalisco un número copioso de conjuntos pastorales, tributarios la más de las veces de un templo, fuese o no parroquial, aplicándole los criterios canónicos vigentes en ese tiempo, mediante soluciones arquitectónicas todavía más vinculadas con la tradición occidental que con la modernidad, pera ya bajo parámetros más funcionalistas y de vanguardia tanto en el diseño como en los materiales.

La confianza del Arzobispo Garibi en este rubro recayó en Luis Ugarte Vizcaíno (1877-1974), José Amezcua Rivas (1906-2002), Ignacio Díaz Morales (1905-1992) y Pedro Castellanos Lambley (1902-1961), los dos últimos condiscípulos en la Escuela Libre de Ingenieros y precursores de la arquitectura tapatía en tiempos muy fecundos para llevar a cabo obra pública de gran calado.

Pedro Castellanos se fogueó en la obra como socio de la constructora Negrete y Castellanos a partir de 1925, empresa que pronto se consolidó como una de las más sobresalientes en la ciudad. En 1936 comenzó un discernimiento vocacional que le llevó, en 1939, al noviciado de los Hermanos Menores en Guadalupe, Zacatecas. Luego de una estancia no larga con los franciscanos, habiendo persistido en su deseo de abrazar el estado eclesiástico, ya comenzado el año de 1940 pasó al Seminario Interdiocesano de Montezuma, regentado en los Estados Unidos por los religiosos de la Compañía de Jesús, y se ordenó presbítero para el clero de Guadalajara en 1947; desempeñó su ministerio básicamente como responsable de la Dirección de Arte Sacro, que le confió su Arzobispo, asistido por el dictamen de José Amezcua Rivas e Ignacio Díaz Morales.

La oficina de Arte Sacro, en la parte alta de la sacristía de Catedral, alcanzó un rango insuperable de calidad y eficiencia en el periodo en el que Castellanos estuvo al frente, y realizó gran número de proyectos de templos, conjuntos pastorales y restauraciones. Uno de sus más cercanos colaboradores fue el ingeniero civil Ricardo Agraz Sáenz.[8]

Vista la obra de Pedro Castellanos en su conjunto, destaca en ella una búsqueda espacial y formal de vanguardia, sin desdén a la ornamentación tradicional y a la aplicación de estilo en los diseños y acabados. Gustaba decir que “si la arquitectura habitacional es el espacio privilegiado que nos constituye como seres humanos, su arquitectura religiosa es el espacio de encuentro del hombre con lo trascendente”.[9] Vicente Pérez Carabias afirma que en las plantas arquitectónicas de sus últimas obras de viviendas intentó formar una cruz latina, lo que podría apuntar a la utilización simbólica religiosa en su arquitectura.[10]

Por otro lado, el dibujante genial que había en Pedro Castellanos le facilitó esbozar en su obra religiosa diseños de arquitectura historicista tan atrevidos como el neogótico en el Templo de Nuestra Señora del Rosario o el neorrománico en el templo de San Carlos Borromeo, proyectos ambos donde se echa de ver la exploración de soluciones estilísticas reinterpretadas en clave moderna. Cabe señalar que ya para este tiempo, mediados del  siglo xx, inmediatamente después de concluida la calamitosa guerra mundial, la renovación espacial de  la arquitectura al servicio de la fe pasó por un tamiz del que no se exceptuó Pedro Castellanos, el de Odo Casel, “donde existió un movimiento litúrgico vivo, existieron, como consecuencia, modernas construcciones. Donde no triunfó este movimiento, las iglesias siguieron aferradas a los historicismos”.[11] Su obra religiosa se realizó en un momento de transición y, por ello, en sus proyectos se puede distinguir claramente la búsqueda de la depuración de las formas y ornamentos con un preciso apego al reglamento del Arte Sacro.

 

2.    La capilla del Seminario Conciliar de Guadalajara. Punto de encuentro

 

El cronista Guillermo Gómez Sustaita[12] explica que hacia mediados de la década de 1940 el Seminario Conciliar ocupaba las instalaciones del hospital de San Martín de Tours. Las condiciones en las que vivían los estudiantes eran precarias, así que el Obispo Garibi Rivera, quien había estudiado en el seminario y ejercido como profesor, decidió emprender un proyecto visionario para el Seminario Conciliar de Guadalajara. Pedro Castellanos fue el encargado del proyecto.

El ecónomo de la diócesis, Antonio Chávez Cuevas, se encargó del seguimiento de la obra; sin embargo, la relación con el arquitecto Pedro Castellanos no resultó funcional y, finalmente, el arquitecto decidió renunciar. Entonces la obra fue concluida por el ingeniero Aranda. El Seminario Conciliar de Guadalajara se inauguró el 1º de noviembre de 1950 aún sin terminarse, faltaban pisos, luz eléctrica, puertas, ventanas y prácticamente todos los acabados. El acceso principal se localizó en la calle de San José, aunque en el tiempo que se construyó no se habían trazado las calles. El ingreso estaba flanqueado por dos torres de ladrillo aparente, de cuatro niveles de altura. En los primeros años de funcionamiento del seminario las misas se oficiaban en la biblioteca, y no sería sino en 1955 cuando finalmente se concluyó la capilla.

El leitmovit del proyecto del Seminario Conciliar de Guadalajara era lograr que la capilla fuera el punto de encuentro y eje principal, esto simbólicamente representa a Dios como centro de la vida. Para lograrlo, se dispuso el atrio como punto de acceso de todo el complejo. El atrio, espacio abierto, es “una reserva de suelo que resulta imprescindible en los momentos de entrada y salida de las ceremonias, pero a la vez también se convierte en lugar de referencia”.[13] Es decir, no solo servía de tránsito, de antesala de la capilla, sino que ofrecía la posibilidad de celebrar actividades litúrgicas a cielo abierto, costumbre heredada desde tiempos ancestrales en países hispánicos.[14]

El eje del proyecto se colocó casi a la mitad del predio, hacia cada lado del eje se dispusieron las facultades: Filosofía y Teología. La planta se equilibraba colocando a los costados de la capilla los espacios comunes y a los extremos las áreas privadas. La arquitectura de este proyecto es franca, sin alardes arquitectónicos ni estructurales. Había una clara postura moderna: los juegos asimétricos que se lograban en la planta, las relaciones entre el interior y el exterior a través de los patios, atrio, pasillos, los detalles en algunos elementos como las ventanas y sus celosías, entre otros.

También en el proyecto hay un ligero aire nostálgico que se logra con elementos y sistemas constructivos tradicionales, como el uso de las arcadas de medio punto, los patios, las fuentes, los corredores, elementos populares de la cultura del lugar y que responden también a su clima. El proyecto “se realizó con la primicia de utilizar materiales auténticos de Guadalajara”, es decir, sistemas constructivos tradicionales, por ejemplo las entrelosas “de puentes de fierro y bóvedas de cuña”, y materiales que mostraran su naturaleza de ladrillo aparente y piedra combinados con revoco.

En el conjunto resaltan los elementos verticales colocados en el acceso principal y la fachada de la capilla, que delimitan el atrio. Estos elementos verticales también contrastan por el material utilizado, el ladrillo visto, y expresan esa idea de elevación para llegar a Dios, por ello son invariables en la arquitectura religiosa del Padre Castellanos. La fachada de la capilla se compone de dos torres y el espacio central está resuelta con una geométrica celosía con figuras de cruces y círculos, junto con la imagen de San José de cantera que contrasta con la textura y el color del ladrillo.

 

3.    Arquitectura, liturgia y luz

 

…la exposición de tus palabras

nos da luz y da entendimiento a lo sencillo

Salmo 119,130

 

La planta de la capilla, al igual que algunas obras anteriores del arquitecto, tiene forma de cruz latina; sus proporciones y juegos de relaciones geométricas son decididamente modernos, aunque su raíz tipológica de planta se podría situar en la iglesia del Gesù y la arquitectura de la contrarreforma. En 1927, August Hoff[15] argumentaba la idea de que una única nave simbolizaba la “comunidad cristiana”, y la supresión total de otras naves o su reducción fortalecía el altar como punto litúrgico. La capilla del seminario es de una sola nave, con unos los laterales que se crean a partir de los contrafuertes que sostienen el balcón que rodea todo el recinto. En estos laterales se forman una especie de capillas devocionales, de tal manera que se cumple la premisa de August Hoff.  La nave central tiene doble altura, el coro es parte de la cubierta del pasillo colocado antes del ingreso a la capilla; este pasillo sirve para conectar con las otras piezas del complejo.

Para delimitar el encuentro entre lo sagrado (presbiterio) y el espacio de los feligreses (nave) se colocó un arco toral o triunfal de medio punto, recubierto de cantera. Este recurso no sólo sirve como mecanismo para enfatizar el altar, sino como elemento constructivo que facilita el cambio de la geometría entre la planta rectangular y la circular:

 

En mi concepción de una iglesia católica, considero que no sólo se le presenta al arquitecto el problema de crear un recinto sagrado, un trozo de aire en el que los fieles se sientan atraídos a la oración, sino que, además, es necesaria la creación de cierto dinamismo hacia un punto: el altar, ya que la oración de un católico es una oración no individual e independiente, sino colectiva, de comunión. Comunión que exige dirigir la atención hacia un punto singular en que se celebra el Santo Sacrificio de la Misa o en el que está el Santísimo Sacramento en la Eucaristía.[16]

 

En el presbiterio, el lugar donde se simboliza la llegada de Dios o el lugar de Dios, Pedro Castellanos se permitió ciertas concesiones proyectuales, tales como la sutileza de las líneas curvas. El ábside es de planta semicircular y hace alusión al sentido estricto de la palabra apsis, que significa arco o bóveda. Este espacio está cubierto por una bóveda de horno de cuarto de esfera o también llamada de cascarón. Podría entenderse este guiño como una reinterpretación de las formas del periodo románico, donde se solía utilizar esta tipología de ábside.  En el volumen perpendicular a la nave central se localiza una serie graderías con un elegante y utilitario diseño de mobiliario.

El proyecto se ejecutó antes del Concilio Vaticano II, por lo tanto, el altar debió estar diseñado para que el celebrante diese la espalda a los feligreses, ubicado en el ábside. En su obra eclesiástica, “Pedro Castellanos trabajó la idea del altar como base compacta, elevada y excelsa sobre la cual inmolar el sacrifico, tal como lo ordenaba la Comisión de Arte Sacro antes del Concilio Vaticano II”.[17] Entre los planos localizados del proyecto no existe ningún testimonio del dibujo original del altar; sin embargo, para la Parroquia de Cocula, posterior a esta obra (ca. 1957), Pedro Castellanos realizó una síntesis proyectual de la capilla del Seminario Conciliar: el ábside semicircular con cubierta plana, la solución de las ventanas laterales de la misma confección que las del seminario, la fachada con una sola torre, de tal modo que se puede suponer que el altar se diseñó de manera similar: un altar elevado y una mesa a modo de dolmen.

El actual altar y remodelación del presbiterio fueron obra del ingeniero Ricardo Agraz Sáenz. La remodelación consistió en ampliar el presbiterio sobre prácticamente toda el área del crucero, ahí se colocó el altar y en el ábside el tabernáculo.

La luz tiene un simbolismo fundamental en el cristianismo; en los textos bíblicos es citada en reiteradas ocasiones. “Dijo Dios: ¡Haya luz!, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó la luz de la obscuridad” (Génesis 1,3-4); “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminara en la obscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8-12); “la vida era la luz de los hombres” (Jn. 1-4). Estas referencias bíblicas simbolizan la presencia de Dios (luz) en la vida de los seres humanos y en el mundo. En la arquitectura, la luz, según Luigi Moretti, es “cualidad fundamental del espacio y, por tanto, de la materia que, como matriz, lo determina” (Moretti: 9). Para Le Cobusier, la arquitectura era “el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz”. En el espacio religioso, la manera en que la luz interviene en la configuración espacial es la consecuencia del modo de entender y pensar la luz, así como del significado simbólico y litúrgico que el proyectista da al espacio.

Para Pedro Castellanos parece que la frase bíblica “la vida era la luz de los hombres” da significado a la interpretación simbólica de la luz en sus obras: una luz para todos, una luz compartida. Pedro Castellanos proyectó una luz corpórea, continua y homogénea que inunda todo el espacio de la nave.

Los muros laterales son los que controlan el acceso de la luz. En la planta baja son unas pequeñas ventanas de forma rectangular que separan el plano vertical de la entrelosa del pasillo de la planta alta. En el muro de la segunda planta las ventanas adquieren mayor dimensión, casi la mitad del muro. Estos haces de luz que entran son filtrados por vidrios de color ámbar. En los muros se produce un contraste entre la luz y la sombra, entre la vista y el tacto, porque justo en esos muros se combina la textura de piedra negra con la transparencia del vidrio.

El dorado se relaciona con el color de los rayos del sol, con un símbolo de poder para numerosas comunidades religiosas, y quizá por ello a lo largo de los siglos ha sido el color predilecto de los altares. Este color actualmente recubre todo el ábsida como si se tratara de una reinterpretación de los retablos barrocos cubiertos de oro. 

 

Notas finales

 

“Un arquitecto sólo logra un espacio auténticamente sacro cuando, por el juego de las masas y los vacíos, de las luces y las sombras, consigue que el cristiano se sienta atraído irresistiblemente hacia el santuario y detenido ante él como en la cercanía de alguien que ha impuesto en aquel lugar su presencia cautivadora y terrible.”[18]

La importancia del Seminario Conciliar de Guadalajara en la obra completa de Pedro Castellanos es debido a que en este proyecto incorpora invariables de su trabajo arquitectónico tanto doméstico como religioso, y a la vez planteamientos modernos, incorporando sabias lecciones de la arquitectura del pasado. Consigue posicionar la capilla como espacio catalizador por su ubicación central, e incluso distinguir el presbiterio con una silueta geométrica circular. La centralidad de la capilla en el conjunto tiene su modelo tipológico en la iglesia de Sant’Ivo en la antigua Universidad de la Sapienza en Roma, o la iglesia en el monasterio de El Escorial, o incluso en el Hospicio Cabañas; sin embargo, su aportación está en la disposición asimétrica del resto del complejo.

Para varios autores, la arquitectura de Pedro Castellanos está encasillada en una arquitectura ecléctica o regionalista en razón de una gama de soluciones que va desde elementos inspirados en la arquitectura mediterránea hasta materiales de la región. Sin embargo, si se observa con detenimiento la concepción de los proyectos, éstos son rotundamente modernos, y eso es mucho más evidente en los planteamientos formales de su arquitectura religiosa que de su arquitectura doméstica. Tal es el caso del Seminario Conciliar de Guadalajara. En sus obras religiosas (como el templo de La Santa Cruz, el templo del Sagrado Corazón, la capilla del Seminario Conciliar) hay una búsqueda de renovación del espacio religioso ligada a una simplificación en la forma y la decoración, con la premisa de utilizar materiales naturales y locales. Los temas centrales de su arquitectura doméstica, los espacios intermedios, tales como pórticos, corredores, patios, aparecen a otra escala en el complejo del seminario.

En suma, Pedro Castellanos no sólo fue uno de los precursores de la modernidad en la arquitectura doméstica, sino que encabezo una transformación en el espacio religioso en Jalisco. La capilla del Seminario Mayor de Guadalajara da razón de ello.

 

 

Referencias

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·       Hoff, A. (1927). “Wettbewerb: Heiling-Geist-Kirche in Münster”, Die christliche Kunst, xxiii, núm. 12, p. 276.

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·       Mària, M. (2001). Religión, Sociedad y Arquitectura. Las iglesias parroquiales en Catalunya, 1563-1621, Barcelona, Ediciones UPC.

·       Miranda, J. G. “El Seminario Conciliar de Guadalajara entre 1696 y 1868”, en Boletín Eclesiástico de la Arquidiócesis de Guadalajara, año viii, vol. 10,  octubre del 2014, p. 596

·       Moretti, L. (2012). Espacios y luz en la arquitectura religiosa, Madrid, Lampreave.

·       Orendain, E. (2006). Pedro Castellanos Monografías de arquitectos del siglo xx, Guadalajara, Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco.

·       Plazaola, J. (1965). El Arte Sacro Actual: estudio, panorama documentos. Madrid, La Editorial Católica.

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[1] Arquitecta por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, doctora en arquitectura por la Universidad Politécnica de Cataluña. Es investigadora titular en Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño de la udeg, donde desarrolla la línea de investigación sobre teoría y práctica del proyecto arquitectónico moderno. Pertenece al sni del conacyt y a docomomo México.

[2] Esta investigación se publicó en la revista Religiones Latinoamericanas Nueva Época, N. 5, enero-junio 2020, pp. 93-110. Con la licencia de su autora, se reproduce en estas páginas con algunos datos adicionales al texto ya publicado.

[3] Entre ellos, el Seminario Clerical del Divino Salvador, el Mesón de Guadalupe, el Instituto de Señora San José, la Casa Cuesta Gallardo, la Casa de Ejercicios de San Sebastián de Analco, el Hospital de San Martín.

[4] Era la mitad de una manzana de la cruz de plazas, en la zona fundacional de la capital de Jalisco.

[5] El templo de Santo Tomás, del Colegio de ese nombre, a cargo de los jesuitas hasta 1767 y que ahora alberga la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz, es uno de los conjuntos arquitectónicos a los que hemos aludido, barbáricamente aniquilados casi todos a partir de 1860, y que en orden cronológico son los siguientes: la parroquia de San Miguel Arcángel, 1542, que se usará como catedral provisional, 1548, y luego como Hospital de la ciudad; el convento de San Francisco, 1550 –doctrina de indios hasta que ésta pasó a San José de Analco en 1690–, el Colegio de San José de Gracia de los frailes agustinos 1573, el Hospital de San Miguel de Belén, 1581/1704; el Colegio de Santo Tomás de la Compañía de Jesús, 1591 –usado luego para la Real Universidad de Guadalajara 1792 y el Instituto de Ciencias 1827 –, el Hospital de la Santa Veracruz, 1606, el convento de Nuestra Señora del Rosario, de frailes dominicos, 1610, el Convento de Nuestra Señora de las Mercedes, de mercedarios, 1650, el oratorio de San Felipe Neri 1679, el Colegio Seminario de San Juan Baustista, 1648, la Pía Unión de Oblatos del Salvador, 1695, el ya aludido Seminario Conciliar, 1699, el Convento de Nuestra Señora del Carmen, de frailes carmelitas descalzos, 1758, la capilla del Palacio Episcopal y la del Palacio de la Real Audiencia; el Colegio Apostólico de Propaganda Fide de Zapopan, de franciscanos ,1816; los conventos femeninos de dominicas –Santa María de Gracia, 1588, y Jesús María, 1722–, carmelitas descalzas –Santa Teresa 1695 –, agustinas recoletas –Santa Mónica 1733–, la Casa de Recogidas, 1751, el monasterio de la Inmaculada Concepción de Clarisas Capuchinas, 1761, el Beaterio de Santa Clara, 1784, y la Casa de Misericordia, 1810, muchos años atendida por las Hijas de la Caridad.

[6]  Moreno:50-51

[7] Miranda: 596. Hoy, ese espacio hace las veces de brazo norte a la cruz de plazas y se alza en él un proyecto por fortuna inconcluso, una rotonda al centro del Jardín de los Jaliscienses Ilustres. El trazo puede verse en López: 236.

[8] Híjar: 62-65

[9] Orendain, 160.

[10] Pérez, 162.

[11] Borràs, 16.

[12] Gómez, 99.

[13] Mària: 131.

[14] Rueda: 39-62.

[15] Hoff:276

[16] Fisac: 10.

[17] Orendain: 166.

[18] Plazaola: 20.



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