Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019
2020
2021
2022
2023
2024

Volver Atrás

La obra civilizadora de los misioneros de la Nueva Galicia

J. Ignacio Dávila Garibi

Este trabajo se compuso hace un siglo, empero, se le conoce poco y sus contenidos son tan vigentes entonces como ahora para entender un poco el complejo proceso de la evangelización en el Occidente de lo que hoy es México

 

Muy reverendo padre Rector:

Con mucho acierto hace notar el erudito y sabio historiógrafo mexicano Joaquín García Icazbalceta que así como el rápido crecimiento y progreso del Imperio Romano y la difusión de su lengua por todo el orbe entonces conocido, precedió a la aparición del cristianismo, como para prepararle el camino y facilitar la predicación del Evangelio, del mismo modo en ambos continentes americanos, se formaron providencialmente, al aproximarse su descubrimiento, dos poderosos imperios que supieron imponer también a pueblos diversos su lengua y sus instituciones.

            Fue ciertamente la hermosa lengua latina en su edad de oro el vehículo de la civilización difundida por Roma en el Viejo Mundo y la adoptada como propia por la Iglesia del Crucificado.

            Y fueron acá en el Nuevo Mundo las sonorosas y ricas lenguas quechúa, en el continente austral, y mexicana náhuatl o azteca en la boreal las que desempeñaron un papel importantísimo en la civilización y evangelización de los pueblos.

            El quechúa, notablemente perfeccionado durante los doce reinados de la dinastía Inca, sirvió a los misioneros para difundir la luz del Evangelio en muchos pueblos de las treinta provincias en que se dividía el poderoso imperio peruano que aunque minado por las ambiciosas parcialidades de Huáscar y de Atahualpa se erguía aún floreciente y firme en el tiempo e la conquista del Perú extendiendo sus dominios por el poniente, desde el norte del Ecuador hasta el grado 37 de la latitud sur, y por el oriente hasta Tucumán y fronteras del Brasil.

            La filosófica lengua azteca, que por emigraciones, por comercio o por guerras llegó a ser conocida dese Sinaloa y las costas orientales hasta Nicaragua, fue desde luego el medio general de comunicación para los misioneros que vinieron a ejercer su apostolado en el extenso territorio que ocupó el poderoso señorío de los mexica y los que vinieron a esta región, que en parte, forma hoy el Estado de Jalisco, al ver la asombrosa variedad de idiomas y dialectos hablados en los diversos reinos y señoríos de la Confederación Chimalhuacana, antes que el riquísimo y armoniosa castellano, enseñaron a los indios el azteca que en general guardaba alguna semejanza con sus nativos idiomas y que, aunque adulterado, lo hablaban los pueblos de tochos y cazcanos, siendo del todo desconocido para algunas de las otras tribus de Chimalhuacán. El mexicano era por decirlo así, el idioma oficial, del pujante y robusto señorío que agrupado en sus principios en un peñol naciente del lago de Texcoco, había fabricado para su culto y habitación, templos y chozas de mimbres y cañas bajo el amparo de los reyes chichimeca, pero que andando el tiempo había llegado a extender sus confines hasta los mismos mares y a hermosear su capital con magníficos palacios, suntuosos teocalis, frondosas arboledas y amplias calzadas, entre las flotantes chinampas remedo de inmensos canastillos de flores…

            Pero si esa misma unidad de lengua, descendiendo más en particular a la condición de aquellos pueblos, resulta con razón tan deficiente, tratándose de las poblaciones salvajes o de las tribus nómadas a que impropiamente se dio en conjunto el nombre de chichimecas –tribus y poblaciones que no pudieron ser reducidas sino en parte, a pesar de los esfuerzos que para ello hiciere España sin más resultado que la pérdida de grandes caudales y el sacrificio estéril de muchos misioneros,- no fue menos la variedad de costumbres y de formas de culto, que como basadas todas ellas en una abominable idolatría fueron naturales engendros de ésta, más o menos deformes.

            Y así mientras los incas reducían su moral a tres sencillísimos preceptos: “no estar ocioso, no robar y no mentir” y suprimían en su culto los sacrificios humanos, desarrollaban los aztecas más minuciosamente la suya, pero se apresuraban a aplacar la ira de sus sanguinarias deidades con el sacrificio de millares de prisioneros, inmolados como víctimas en las siempre ensangrentadas aras de sus teocallis.

            Mas estos pueblos confederados que quedaban al norte del imperio azteca –al que nunca estuvieron sujetos- aunque profesaban también un burdo politeísmo, fueron sin embargo bastante moderados en su culto. Parece que no practicaron habitualmente los sacrificios humanos. Cítense sólo poblaciones o hechos aislados, como Atémpan donde sacrificaban niños y Chapalac que vio arrojar en sus pozos termales a varios niños pequeños bárbaramente inmolados a fin de aplacar la supuesta cólera de una deidad ofendida.

            Limitábase su culto a la ofrenda de flores y frutos y sacrificaban animales campestres, sobre todo águilas, conejos y perdices en sus cues colocados sobre anchas pirámides truncadas donde no escapaban ni el fuego perpetuo ni el amoroso humo del copali.

            Se dice que en el famoso cue de Xalixco y en el de Atzátlan recibía las adoraciones del pueblo un idolillo que llamaban Teopillizintli, y el dios de las lluvias (Atlaquiaquitli) en el reino de Tonállanen Amacuecan.

            A pesar de su moral sujeta a los errores de una sociedad semisalvaje, no carecían por cierto de excelentes dotes los chimalhuacanos o antiguos jaliscienses, basta decir que los misioneros españoles llegaron a presentarlos a sus compatriotas como modelos de virtudes.

            Aunque desconfiados, indolentes y supersticiosos, eran en efecto, a lo que parece, sobrios, desinteresados y compasivos, hospitalarios como el que más y apegadísimos al cumplimiento de sus deberes.

            Tal era el núcleo por decirlo así, de la naciente sociedad, germen de la futura familia cristiana que iba a mostrarse bien pronto en todo su vigor y lozanía en el reino de la Nueva Galicia.

            No faltaban a estas plantas escogidas para embellecer el jardín de la Iglesia, ni elementos de prodigiosa vitalidad, ni fértil suelo donde arraigar, ni abundante rocío que viniera a refrescarlas; faltábanles tan sólo diligentes operarios que pusieran aquella semilla en condiciones a propósito para germinar, que enderezase los tallos agostados a veces por la ambición de unos cuantos y que a fuerza de ingenio y de brazos ayudasen a producir los frutos apetecidos.

            Necesitaban, en una palabra estos pueblos, de misioneros, sobre todo de un prelado que dirigiendo y regulando los trabajos de éstos, administrase con acierto la heredad que se le confiaba.

            El Señor en su providencia no tardó en proveer a lo uno y a lo otro enviando primero apóstoles y poco después de Pastores, que en no interrumpida serie habían de influir tan directa y eficazmente en la formación religiosa de la extensísima diócesis neogallega.

***

No cabe duda que los encargados de esta magna obra fueron en primera línea los religiosos franciscanos, cuya esclarecida Orden tuvo la gloria de echar la primera los cimientos del grandioso edificio de la civilización poniendo de relieve sobre la España conquistadora la España cristiana del siglo xvi.

            Sabido es cómo se ofrecieron desde luego para este apostolado, dos varones insignes de la Orden Seráfica, fray Juan Chapión cuyos deseos no pudieron realizarse por haberle llamado el Señor para sí, satisfecho de su generoso ofrecimiento y fray Francisco de los Ángeles que por haber sido electo General de su Orden en 1523 tuvo que contentarse con disponer la expedición de fray Martín de Valencia, al que se habían adelantado ya tres franciscanos flamencos; fray Juan Tecto, fray Juan de Ayora y el venerable fray Pedro de Mura más comúnmente conocido por fray Pedro de Gante.

            No pudieron, sin embargo, dedicarse desde luego a la predicación estos religiosos por habérseles dificultado muchísimo el aprendizaje de la lengua mexicana, de esa teología que de todo punto ignoró san Agustín, como agudamente contestó el padre Tecto a sus nuevos compañeros que llegados a poco de mostráronse sorprendidos de ver que no obstante la conquista        y la permanencia de tres misioneros reinaba aún la idolatría y no habían cesado del todo los sacrificios humanos.

            Uno de los miembros de esa gloriosa expedición fue el humildísimo fray Antonio de Ciudad Rodrigo quien habiendo sido presentado por el rey para primer obispo                     de la Nueva Galicia. Renunció a tan alta dignidad y después de ejercer un verdadero apostolado en Nueva España, volvió a la madre patria para representar en favor de los indios trayendo a su regreso de la metrópoli veintinueve religiosos de su Orden que fueron después escogidos ministros y celosísimos operarios de esta viña del Señor.

            Dos de ellos merecen con toda justicia el dictado de apóstoles de la Nueva Galicia, fray Juan Badiano y fray Antonio de Segovia venidos a la que después fue provincia de San Pedro y San Pablo de Michoacán a la cual estuvo agregada la custodia de Xalisco antes de su erección de Provincia acordada en 1606 en el capítulo celebrado en Toledo y verificada el 18 de febrero del año siguiente con el título de Provincia de Santiago de Xalisco cuyo primer Provincial fue el reverendo padre fray Juan de la Peña.

            Probablemente fray Antonio de Segovia fue aquel religioso de quien cuentan los anales que llegó el primero en 1530 al pueblo de Tlajomulco (Tlaxomolco) a pie, descalzo, levantadas las faldas del hábito, llevando el rosario en una mano y apoyándose con la otra en un bastón. Induce a creer esto, el que por aquel tiempo (1531) este insigne apóstol de la Provincia de Tonalá, pasó para el pueblo de Tetlán a fundar el primer convento de la Nueva Galicia.

            Reuniéronse allí, con los padres Badiano y Segovia el andaluz fray Juan de Padilla (martirizado más tarde en Quivira) y el lego fray Andrés de Córdoba con quien fray Juan continuó su camino por Xalisco, Cotispac y Culiacán.

            A medida que se ensanchaban las conquistas de don Nuño dilatábanse más el celo de estos operarios evangélicos; pero hubieron de volverse al territorio ya conocido, temerosos, con razón de que esterilizasen con su ausencia los trabajos iniciados. De Culiacán a Tochpan regresando a pie los dos incansables apóstoles haciendo estancias más o menos largas en Tepic, Xalisco, Ahuacatlán, Etzatlán, Ameca, Zacoalco y Zapotlán, de aquí pasaron a Chapala, por Tlajomulco y de allí a Tonalá y Tetlán donde bautizaron a su cacique Tlacuitenhutli que tomó el nombre de Juan Guzmán y que tanto ayudó a la propagación de la fe entre sus compatriotas.

            Tonállan –una de las más poderosas monarquías de la gran confederación Chimalhuacana- acababa de sucumbir ante las armas del fiero Nuño de Guzmán, que tomando el camino de Atequiza había aparecido por el sur y asentado sus reales Tlaxicoltzinco (hoy pueblo de San Martín). Gobernaba la monarquía                                                     en nombre de su hijo Xochitlán, la reina viuda, Tzapotzinco a quien los conquistadores dieron en llamar Cihuapalli mexicanizando o más bien dicho, sustituyendo por una dicción azteca, el expresivo vocablo coca Tzuapilli con que ordinariamente le llamaron sus vasallos. Y refiere la tradición que después de haber servido la reina la embajada de Guzmán y consultado el parecer de sus más encumbrados cortesanos, subió a un lugar elevado de su palacio situado en la pequeña colina del Itepec a orillas de la ciudad del Sol, y al ver el ejército contrario y al oír el nutrido tiroteo y la sorda gritería con que se anunciaban, exclamó dirigiéndose a los suyos: “Ahí tenéis a los castellanos; ved si os halláis con ánimo para resistirlos” y al rayar el alba del día siguiente, que fue el 25 de marzo de 1530, salió acompañada de sus nobles capitanes Popotla, Pitlala, Pililli y Coyotzin para recibir a sus huéspedes y ofrecer al conquistador un cetro y una guirnalda de flores como símbolo de paz.

            Descontentos los guerreros tonalteca con el extraño proceder de su soberana reuniéronse prontamente en el vecino pueblo de Tetlán para venir de improviso sobre las goteras de Tonalá y desalojar de su puesto a los españoles, quienes enfurecidos tomaron luego las armas y se aprontaron a la lucha, en tanto que Guzmán creyendo falsamente que la aproximación de los enemigos era debida a una traición de la reina, se acercó a ella tratando de asesinarla y exclamando irónicamente: “¡Al fin mujer…!” más la Tzuapilli  llena de dignidad y entereza, calma las iras del conquistador diciéndole “¡Sociégate, yo soy mujer y contendré este desorden; cuanto más lo puedes hacer tú, con tan lucido ejército; yo haré que sean severamente castigados los que sin mis órdenes se han atrevido a tanto!”   Con tan discreta cuanto oportuna observación don Nuño no trató ya sino de hacer un escarmiento en los rebeldes de Tetlán.            

            El ejército español se enfrenta contra el enemigo compuesto de tres mil hombres combatientes tonalteca que alineados al pie del cerro descargan tan acertada tempestad de piedras por espacio de tres horas sobre el campamento español que causa muchos estragos a las tropas auxiliares mexicana y tarasca, y los mismos castellanos quedan con las armaduras abolladas y heridos en gran número.

            “Jamás aquellos conquistadores –dice un conocido historiógrafo jalisciense- habían encontrado en todo el suelo chimalhuacano resistencia tan obstinada y valerosa. ¡“Pero al fin los patriotas guerreros habían de sucumbir ante la superioridad y fiereza del ejército invasor!...

            Un empuje sobrehumano de la caballería española lanzándose sobre el enemigo lo desbarataba, lo persigue, lo retira y lo dispersa con gran pérdida de los indios chilteca, tetlalteca, mahualteca y coca habitantes todos ellos del reino subyugado.

            Tetlan, Tzalatitlán, Caxititlán, Aquepaque, Tlaquepaque, Huentitán y otros varios tatoanazgos y pueblos del reino Tonaltecatl quedaron también sometidos a la corona española…

            Interesantísima me parece la conquista que acabo de narrar, pues no cabe duda que con la sumisión de la reina Tzapotzinco y sus numerosos feudatarios quedaron para siempre rotas las cadenas de la esclavitud satánica en que vivieron durante varios siglos los pueblos chimalhuacanos. Los humildísimos misioneros de la Seráfica Orden, fray Antonio de Segovia y fray Miguel de Bolonia, primeros misioneros que llegaron a Tonallán

pudieron ya empezarmás fácilmente en su vasta extensión territorial, la magna obra de la catequización de los naturales.

            Del primero de éstos se dice, entre otras cosas, que levantó una capilla en el cerro del Itepec; que propagó la devoción de la Virgen Santísima mediante la taumaturga imagen de Nuestra Señora de la Expectación, que se venera desde el año de 1541 en el  primoroso Santuario de Zapopan; que bautizó a la reina viuda, con el nombre de Juana Bautista Danza y al príncipe heredero, con el de Santiago Vázquez Palacio. Se dice también que administró el bautismo a los capitanes Pitlaloc, Pillili y Coyotzin, los que después en su vida de cristianos se llamaron Juan Miguel, Sebastián Martín y Pedro Maraver, respectivamente.

            El ilustrísimo señor de Anésagasti y Llamas, en la época en que fue párroco de Tonalá, levantó un sencillo monumento en la cumbre del Itepec, vulgarmente llamado hoy de la Reina, para perpetuar la memoria de la bondadosa Cihuapalli que tan espontánea y buena acogida diera a la religión del Crucificado.

            El monumento de que hago mérito y que fue solemnemente inaugurado el año de 1887 representa a la reina abrazando con la mano derecha una gran cruz de hierro y repeliendo con la siniestra un ídolo de cantera. En el macizo pedestal de piedra en que descansa la estatua de Tzapotzinco. Se grabaron diversas inscripciones y fechas así como también unos versos que, por más que en la forma sean muy defectuosos, por lo que mira al fondo son bastantes significativos.

            Dicen así: “Al feliz heroísmo/ de la tonalteca monarquía/ que al despreciar la idolatría/ abrazó al cristianismo.

            Hijos de Tzoapilli la monarca/ si deseáis feliz destino/ seguid por el camino que la Cruz os marca”.

            Tonallan–centro y emporio de la antigua nobleza chimalhuacana- cuyo territorio comprendía la mayor parte de los Cantones primero, tercero y séptimo del actual Jalisco fue ciertamente el campo fecundo donde ejercieran su apostolado muchos ilustres varones cuya esclarecida virtud y heroísmo hoy nos admiran.

            El padre Segovia de quien ya he hecho referencia, y otros religiosos que después vinieron mostrándose incansables en sus constantes peregrinaciones por los numerosos pueblos de tecuexes y caxcanos.

            Por donde quiera derribaban ídolos, erigían templos cristianos, levantaban cruces y daban a conocer al verdadero Dios. Predicaban, catequizaban y bautizaban; obsequiaban a los indios imagencitas de Cristo, de la Virgen y de sus santos patrones y titulares. Así dilataron esta pequeña Iglesia hija de la romana, dice el padre Tello: “hasta poner el estandarte de Cristo sobre la cerviz del demonio y de estas gentes feroces, a las que estos heroicos varones endulzaban la voluntad depravada con el Evangelio y buenas costumbres”.

            Largo sería recordar los trabajos apostólicos y ponderar debidamente la abnegación que ellos suponen en aquellos humildísimos hijos del serafín de Asís: los nombres de Francisco, Lorenzo, Juan de Padilla, Juan de Herrera, Juan de Amézquita, Martín de Jesús y Pedro del Monte, serán siempre bendecidos como beneméritos de todo lo que se llamó Nueva Galicia.

            Estos hombres de corazón de fuego y cuerpo de hierro, llevaron a cabo empresas asombrosas, empresas colosales que sólo pudieron realizar la fe viva y el celo ardiente de un apóstol, unidos al valor y temerario arrojo de un conquistador como Hernando de Soto, lanzándose en débiles barcas construidas por él y sus compañeros. Al Mississippi quinientas leguas arriba de su desembocadura, o Francisco de Orellana, haciendo otro tanto en el Amazonas para encontrar el desagüe del gran río que por mucho tiempo llevó su nombre.

            A ellos se debe la colonización de muchas de nuestras ciudades fronterizas o marítimas: Nuevo México, Zacatecas, Chihuahua Durango, Sonora, Sinaloa, Alta California, Tamaulipas Texas, pertenecientes ya algunas de ellas (por desgracia) a la ambiciosa República del Norte.

            En 1540 tenían ya los franciscanos, además del Tetlán, los conventos de Tzapotlán, Poncitlán, Etzatlán, El Teúl, Tuxpan, Axixi y Xalisco y en 1652 ascendían a 37 los de la Provincia de Santiago de Xalisco y después de esta fecha se fundaron todavía otros muchos.

            El 10 de junio de 1541 un humilde lego franciscano, el venerable siervo de Dios fray Juan Calero, queriendo apaciguar a los rebeldes acaudillados por Goazicari, recibió el martirio en la serranía de Tequila, víctima de las saetas, pedradas y macanazos de los tecoxines, siendo él, como dice Santoscoy, el primero que con su sangre sellara en Jalisco la doctrina del Crucificado.

            El mismo año los indios de Ayahualolco dieron muerte al guardián de Etzatlán fray Antonio Cuéllar y en 1554 alcanzaron la palma del martirio en Amaxocotlán fray Francisco Lorenza y fray Juan de Herrera en Sinaloa, no cesando tampoco el sacrificio de misioneros en las poblaciones donde estallaban a veces pequeños levantamientos, como el de Huaynamota el año 1583, en que fueron víctimas de la ferocidad de los sublevados, fray Francisco Gil y fray Andrés de Ayala, cuya cabeza según dice el padre Tello, pusieron a cocer los indios por espacio de tres días sin que llegara a ablandarse o a “ponerse de punto para que se la comiesen”; o formidables revoluciones como las de Nuevo México en 1680 que cortó la vida a veintiún franciscanos y que casi acabó con aquella cristiandad.

            Por mucho tiempo conservó la orden Seráfica su extraordinaria vitalidad y cuando la Compañía de Jesús quedó suprimida en los dominios de Carlos iii pudo enviar a las desiertas misiones de California, varones de la talla de fray Junípero Serra y fray Francisco Palou, émulos de la virtud y celo apostólico del venerable fray Antonio Margil de Jesús; dio a la Iglesia mexicana tan excelentes pastores que algunos de ellos murieron en olor de santidad como nuestros prelados neo-gallegos, el angelical aragonés fray Manuel de Mimbela y el penitente sevillano fray Francisco de San Buenaventura Martínez de Tejada y Diez de Velazco. Y realizó siempre y en todas partes el acertado dicho de un distinguido escritor mexicano: “La patente del General de la Orden Seráfica, mandando doce frailes, fue la credencial con que la civilización vino de embajada al Nuevo Mundo”.

 

***

Mucha es la mies y pocos los operarios, podía haber dicho el primer prelado neo-gallego teniendo la vista por su vasta diócesis, más la Bondad Divina que prevee cumplidamente a las necesidades de sus pueblos, no tardó en enviar a esta región nuevos diligentes operarios.

            Ocupa el segundo lugar, atendiendo al orden cronológico en la evangelización de la Nueva Galicia, la antiquísima y docta orden de San Agustín, floreciente entonces en sujetos tan distinguidos como fray Diego de Chávez, fray Agustín de Carbajal y el eminente teólogo fray Alonso de la Veracruz, que renunció más tarde las mitras de León de Nicaragua, Michoacán y Puebla de los Ángeles para los cuales había sido presentado.

            Fundaron su convento de Guadalajara el año de 1573 a pesar de las dificultades con que habían tropezado poco tiempo antes los primeros religiosos enviados a esta fundación por su general fray Diego de Salamanca.

            Al amparo del venerable obispo Gómez de Mendiola prosperó notablemente esta religión. Su ilustrísima tomó parte muy activa en la fundación del convento de esta capital cuyo primer prior fue el mexicano fray Antonio de Mendoza.

            El 25 de octubre de 1575 concedió a los agustinos de dicho monasterio facultad de administrar los sacramentos a los naturales del pueblo de Zalatitlán; más tarde les cedió las doctrinas de Tonalá, Ocotlán, Ayo el Chico, Atotonilco el Alto, La Barca, San Pedro Analco y les dio permiso para la fundación del convento de su Orden en la ciudad de Zacatecas.

            Tuvieron varios curatos por más de un siglo y dieron a la Iglesia eminentes prelados, como fray Diego de Contreras, arzobispo de Santo Domingo, fray Francisco Zamudio, obispo de Camarines y fray Gonzalo de Hermosillo, primer obispo de Durango que llevó a su nueva sede a los beneméritos hijos de san Agustín.

            Estos religiosos con quienes los frailes franciscanos compartieron sus trabajos apostólicos, son también, como aquellos, dignos de un grato e indeleble recuerdo en la historia de Jalisco.

***

Al finalizar el siglo xvi, escribe Icazbalceta fue cuando los franciscanos vinieron a encontrar quienes compitieron con ellos como misioneros. La Compañía de Jesús dedicada aquí exclusivamente en sus principios a la enseñanza (por lo cual fue censurada) se preparaba en silencio, y no tardó en emprender la obra de las misiones, eligiendo para teatro de sus trabajos las regiones más lejanas del norte y occidente de nuestro territorio, donde desplegó entrando el siglo xvii todo el vigor de su poderosa organización y presentó sujetos insignes en ciencia y virtud.

            Los trabajos de los jesuitas en la Nueva Galicia, lo mismo que en lo restante de la colonia pueden compendiarse en lo que en su Historia Eclesiástica Indiana escribía a fines del siglo xviiel franciscano fray Jerónimo de Mendieta:

           

“De los padres de la Compañía [aunque no llegaron al tiempo de la nueva conversión de los indios de esta Nueva España] puedo decir que después que vinieron con su ejemplo y doctrina han aprovechado mucho en la confirmación de su cristiandad, porque tienen muy buenas lenguas que les predican, y han recogido algunos hijos de principales en colegios y les enseñan con todo cuidado en las cosas de nuestra fe, y a leer y escribir y latinidad según lo usan con los hijos de los españoles. Y además de esto hacen algunas entradas en las fronteras de tierras de infieles y bárbaros donde poniendo a riesgo sus vidas, no es menos sino que su predicación y ejemplo de vida hará impresión en aquellas duras almas, como la continua gotera que por tiempo acaba la piedra.”

 

            Apenas nacida la Compañía de Jesús túvose en América noticia de su existencia por dos antiguos compañeros de san Ignacio: Calixto de Sá y Juan de Arteaga y Avendaño.

            Este último, nombrado de ahí a poco obispo de la diócesis de Chiapas erigida por la bula “Interter multiplicis cura quibus Romani” de Paulo iii apenas confirmada la Compañía, había sido indudablemente el primero en traer jesuitas a su Sede y aún escribió a san Ignacio en este sentido; pero su trágica muerte acaecida el 8 de septiembre de 1541 no le dio tiempo ni de tomar posesión de su obispado.

            Los prodigios que se contaban de san Francisco Javier y de los primeros jesuitas movieron al reverendo fray Agustín de la Coruña, religioso agustiniano (consagrado algunos años después obispo de Popoyán) a pedir con vivas instancias el establecimiento de la Compañía en su sede.

            El venerable obispo michoacano don Vasco de Quiroga durante su permanencia en España obtuvo del padre Laínes cuatro jesuitas con admiración de cuantos veían que un solo obispo hubiera logrado conseguir para su sede más misioneros de la Compañía que el rey de Portugal para todos sus dominios de Oriente. Pero cuando este prelado se disponía a embarcarse en S. Lúcar de Barrameda enfermáronse gravemente los cuatro jesuitas viéndose obligado a volverse sin ellos a su diócesis donde murió al poco tiempo consolado con la firme esperanza de que después de sus días vendrían los padres de la Compañía a Michoacán.

            En la capital de la colonia el virrey Enríquez de Almanza, la Audiencia, la ciudad, el inquisidor Mayor don Pedro Moya de Contreras más tarde tercer arzobispo de México y sexto virrey de Nueva España, presidente del Consejo y Patriarca de Indias, el noble y poderoso caballero don Alonso de Villaseca, y muchos otros particulares, determinaron de común recibir al Rey de España sobre este asunto que de tiempo atrás los venía ocupando.

            El resultado fue que el 10 de septiembre de 1572 desembarcaron en la Nueva Veracruz doce jesuitas, de las tres provincias de Toledo, Castilla y Aragón, enviados por san Francisco de Borja.         

            No es mi intento seguir uno por uno los pasos dados hasta el completo establecimiento de la Compañía en la Nueva España y me limitaré únicamente en cuanto sea posible a seguirlos en sus apostólicas tareas en la Nueva Galicia cuya capital estaba ya definitivamente establecida en Guadalajara.

            Antes de 1576 a solicitud del ilustrísimo y reverendísimo prelado diocesano, el venerable señor licenciado don Francisco Gómez de Mendiola fueron enviados a la Perla de Occidente los padres Hernando Suárez de la Concha, Juan Sánchez y Pedro Mercado, a los cuales el humilde y santo obispo no obstante su avanzada edad salió a recibirlos a un largo trecho fuera de la ciudad, los abrazó dando muestras de gran regocijo y les dio alojamiento en el Hospital de la Santa Veracruz. Se cantó por las calles la doctrina cristiana después de cuya explicación predicó el padre De la Concha con fuego y energía.

            “Este era el hombre más propio del mundo para este género de ocupación-dice el padre Alegre- de un celo y caridad a prueba de los mayores trabajos; de un carácter dulce e insinuante en el trato con los prójimos; de un espíritu de penitencia que tuvieron muchas veces que moderar sus superiores. Su rostro apacible y macilento; su vestido pobre y raído; su conversación siempre al alma, todo respira humildad y compunción”.

Condolido el padre De la Concha de no poder aprovechar a los indios que le escuchaban, por serle extraño su idioma, se buscó un libro en qué leerles, y aunque sin entender nada, lo hacía con tanto afecto y fervor que cooperando la Bondad Divina a tan industrioso celo, se dejó ver bien pronto el satisfactorio resultado de los trabajos de este hombre extraordinario.

            Persuadido el ilustrísimo señor Mendiola del bien que traería a su sede un establecimiento de la Compañía, empezó a tratar este asunto con los capitulares de su iglesia. El padre De la Concha entre tanto juzgó conveniente pasar a Zacatecas y reales de Minas vecinos, mucho más poblados de españoles entonces, que Guadalajara.

            Era en efecto Zacatecas, la ciudad más populosa de la América Septentrional, después de México.

            El oro que allí rodaba aun entre las manos de la gente más despreciable, traía como consecuencia necesaria la usura, el juego, la disolución y sobre todo la impunidad en que se quedaban todos los delitos. De una ojeada se hicieron los misioneros cargo del terreno que pisaban; comenzaron por atacar enérgicamente estos vicios en el púlpito, en las conversaciones privadas y en el confesionario. Como en su mayoría eran españoles los oyentes, y hacía tiempo que no había quién les hablase con tanta claridad ni quien se llegase a tocar tan de cerca las llagas de su alma, la voz del jesuita hizo eco saludable en aquellos corazones no del todo endurecidos.

            Así dispuestas las almas publicaron los padres el jubileo plenísimo concedido a la Iglesia Universal por Gregorio xiii con motivo de su exaltación al trono pontificio.

            Lo mismo y con no menos fruto ejecutaron fundaciones sucesivamente en Pánuco, Sombrerete, San Martín, Nombre de Dios y Guadiana pertenecientes entonces a esta mitra de Guadalajara.

            A su regreso a Zacatecas comenzó a hablarse de la fundación de un colegio pero no pudo verificarse y volvieron los padres con su provincial a México.

            Más tarde, otras varias y fervorosas misiones del padre Suárez de la Concha en el obispado y ciudad de Guadalajara dispusieron los ánimos de los vecinos y obispo en favor de la Compañía y solo esperaban un momento oportuno para solicitar la fundación.

            En 1584 el ilustrísimo señor fray Domingo de Arzola, cuarto obispo efectivo de esta Iglesia pasó a la capital del virreinato a tomar parte en el iii Concilio Mexicano, y una vez terminado el Sínodo, se dirigió al provincial de la Compañía suplicándole enviase algunos padres a su sede y los dejara allí como en residencia, mientras que él, con su cabildo y la ciudad determinaban lo conveniente para un establecimiento fijo.

            El resultado de esta petición fue que en la cuaresma de 1585 vinieron a Guadalajara los padres Pedro Díaz y Jerónimo López sobresalientes en lengua mexicana, acompañados del hermano Mateo de Illescas.

            El padre López salió a poco para acompañar al ilustrísimo señor obispo en su visita pastoral, los otros dos comenzaron a dar forma a su habitación, dedicándose además el hermano Illescas a dar clases de gramática las cuales eran recibidas por los jóvenes tapatíos con agradecimiento y aplauso.

            Los piadosos y acaudalados caballeros don Luis y don Diego de los Ríos, viendo la incomodidad de la primitiva casa hicieron donación de un grande y cómodo sitio en el centro mismo de la ciudad, y don Melchor Gómez de Soria canónigo de la Santa Iglesia Catedral, provisor y vicario general del obispado envió a los padres tres mil pesos con lo que se pudo poner en buen orden la práctica de los ministerios y el ejercicio de las clases.

            Estos fueron los comienzos del Colegio de Santo Tomás que por carecer de la suficiente dotación, llevó por algún tiempo el nombre de residencia y cuyo primer rector fue el padre Cristóbal Ángel.

            Dotado en 1658 por el bienhechor don Juan C. de Saavedra, quien dejó en su testamento once mil pesos para construcción de la Iglesia adjunta al colegio, con orden a su albacea de que si esto no bastaba, diese otros trece mil del remanente de sus bienes, además de los diez mil doscientos dejados para donación de misas de los sábados y nueve principales fiestas de Nuestra Señora; y concluido, finalmente, el 11 de diciembre de 1688 debió al ilustrísimo señor doctor don Juan de Santiago y de León Garabito que a la sazón gobernaba la Iglesia de Guadalajara, el establecimiento de sus cátedras de filosofía y teología que dotó más tarde con catorce mil pesos al canónigo Ruiz Conejero.

            Esta fue la ocasión de que otro benemérito capitular el licenciado Juan Martínez Gómez albacea y ejecutor testamentario del anterior, viendo al cabo de algunos años los frutos producidos por dichas cátedras se decidiera a fundar en bien de la juventud, un Colegio Seminario donde los cursos de estudios menores sirviesen como de complemento a los superiores del mencionado Colegio en un tiempo en que se dejaba sentir la falta de un plantel donde se educasen los jóvenes aspirantes al sacerdocio, ya que desde el primer tercio del siglo xvii había dejado de existir el Colegio de San Pedro y San Pablo, que aunque constituido con arreglo del Concilio Tridentino no parece haber tenido en rigor, el verdadero carácter de Seminario.

            El canónigo Martínez Gómez donó a los jesuitas establecidos en el Colegio de Santo Tomás, el espacioso edificio del Colegio de San Juan Bautista hecho por él desde los cimientos  en un solar comprado al efecto para que sirviese de Seminario sin otra obligación que la de volverlo al otorgante o a sus herederos y sucesores para que dispusiesen de él y lo aplicasen conforme a su voluntad en caso de que el Prepósito General o el provincial o el Rector extinguieran o cerraran dicho Colegio.

            Casi una centuria más tarde, con la supresión de la Compañía de Jesús terminó el primer periodo del Colegio de San Juan cuya reapertura por ser insuficiente el Seminario Tridentino de Señor San José para albergar a tantos como  solicitaban su ingreso en él, impetró el ilustrísimo señor Alcalde la erección de la Universidad en el sitio mismo ocupado antes por los Colegios de Santo Tomás y de San Juan.

            Cuáles fueron los trabajos de los jesuitas allí residentes nos lo ha dejado escrito Mota Padilla en su Historia de la Nueva Galicia

 

“Los jesuitas como operarios – dice el aludido historiador- alientan la devoción de los fieles a la frecuencia de sacramentos, sin faltar a las cátedra, asisten a los confesionarios, cárceles y hospitales, enseñando en unos y en otros, reglas para mudar de vida y disposiciones para la muerte, no sólo a los niños en las clases sino a los rústicos en las plazas, y por las calles enseñan la doctrina cristiana, regañan desde el púlpito a los perdidos y cada dos años sueltan la red con las misiones de su Instituto y reducen a muchos perdidos, en los conventos de monjas dirigen en la mayor perfección a las que por su religioso estado la profesan; y de día y de noche, al sol y al agua, andan como verdaderos siervos de la República en confesiones para que los llamen los enfermos y como si no fuese tarea bastante la que cumplen, se dedican a otros piadosos ejercicios, ya en la ilustre Congregación de la Anunciata por cuyo medio logran la mensual frecuencia de sacramentoscon las indefectibles pláticas que se acostumbran exponiendo el Divinísimo Sacramento, ya en la de la Buena Muerte agregada a la primera, en la cual con el atractivo del rosario de las llagas de Cristo se hacen semanarias pláticas en que se explica la doctrina cristiana”.

 

            De ambos colegios salieron hombres eminentes: el de San Juan los produjo tales como el ilustrísimo señor Juan Gómez de Parada, obispo sucesivamente de Yucatán, Guatemala y Guadalajara, el ilustrísimo señor Valverde obispo de Caracas, el ilustrísimo señor López Portillo, obispo de Comayagua prelado doméstico de S.S. Asistente al Solio Pontificio, etcétera, y padres tan notables como el erudito tapatío Andrés Cabo autor de la Historia civil y política de México, a la que impropiamente dio Bustamante el título de Los tres siglos de México durante el Gobierno Español.

            Al trabajo lento y por esto quizá de fruto más duradero, de los colegios, se añadió el de las misiones entre infieles.

            Fuera de las emprendidas en los cuatro territorios conocidos por los nombres de Tepehuana, Tarahumara, Topia y Balopilas fundados por los misioneros de la Compañía de las que quedaban 27 al tiempo de la extinción, (las cuales pasaron o a párrocos nombrados al efecto por el obispo de Durango o de religiosos del Apostólico Colegio de Guadalupe de Zacatecas) emprendieron las de Sinaloa, desde donde informado el padre visitador escribía en éstos términos al padre Laurencio Adame:

           

Ha sido Dios servido que llegase con salud a estas misiones, donde no creyera, cuántas letras tiene la Compañía con tan aventajada santidad. He visto unos santos viejos muy desechos de todo lo de este mundo, muy aficionados al trabajo y al padecer, de una suma pobreza que le quebraría a vuestra reverencia el corazón verlos tan rotos, tan descalzos y tan necesitados de todo, ¡gloria a Dios que sabe en medio de las soledades y aflicciones darles tanto gozo y consuelo! Días pasados hubo noticia de que estos indios de Sinaloa quisieron quitar la vida al padre Cristóbal de Villalta, que me ha cabido por compañero en seis pueblos que tenemos a nuestro cargo a veintidós leguas de la villa y todos llenos de gente feroz y belicosa.

Ojalá fuera mi Dios servido de que no fuesen solas amenazas sino que llegásemos a derramar la sangre por Jesucristo, vuestra reverencia se lo pida a Nuestro Señor que yo por mis defectos no me atrevo. Vimos en nuestro viaje las misiones de Topia y Tepehuanes, los indios nos recibieron en los pueblos en procesión, cantando la doctrina en su lengua, en la cual, les decía después el padre el fin de nuestra venida; le oían con muestras de alegría y nosotros la teníamos de verlos y oírlos de manera que no era posible contener las lágrimas que del corazón rebosan los ojos.

 

            Así hablaba este fervoroso misionero casi al tiempo mismo de la beatificación de san Ignacio de Loyola.

            No ejercitaron menos su celo en las Californias: enviados allí por orden de Carlos iii, comunicada al virrey Conde de Paredes y Marqués de la Laguna, los padres Matías Gogni y Eusebio Kino para fundar misiones, hubieron de volverse a Sinaloa destruida como fue la colonia por ellos fundada hacia 1683.

            Más el padre Salvatierra antiguo rector del colegio de Guadalajara, al que se debió la construcción de la capilla de Loreto anexa a dicho Instituto, renovó su anterior empeño, ganó bienhechores y salió a Sinaloa en 1697 rumbo a las Californias a donde siguió en breve el padre Francisco Picolo y el padre Kino que entusiasmado de nuevo emprendió su camino hacia el noroeste, atravesó el Colorado y descubrió que la California es una península.

            Más difíciles se presentaron todavía las misiones del Nayarit como el ilustrísimo señor Juan Ruiz Colmenero que llevado de su ardiente celo apostólico y entrañable amor a los indios se había hecho descolgar por medio de sogas hasta el fondo de la barranca de San Juan de Quena a trueque de consolar y convertir a cuatro viejos nayaritas que con sus respectivas familias se habían ocultado en aquellas profundidades, y el ilustrísimo señor Juan Santiago de León Garavito que hasta fundó en Acaponeta el año de 1679 una cofradía para el cuidado, sustento y alivio de los misioneros y misiones que con licencia de su Majestad nuevamente se fundasen.

            El ilustrísimo señor Tapiz envió a misionar a esta provincia al reverendo padre de Solchaga Lector de Teología moral en el Colegio de Jesuitas de Durango y fue este benemérito misionero el primero que se entró cinco leguas tierra dentro del Nayarit, donde enarboló el estandarte de la religión y celebró el santo sacrificio de la misa.

            Más tarde el provincial de la Compañía destinó a esta gloriosa misión a los padres Téllez Girón y Antonio Arias de Ibarra, con tan buen éxito que en poco menos de tres años se logró congregar en once pueblos a multitud de aquellos salvajes los cuales con los pápagos, yaquis, mayos, opatas y pimos vinieron a aumentar considerablemente las cristiandades del norte de la Nueva España.

***

            Con íntima satisfacción señores, hablaría también en esta conferencia, de la esclarecida Orden de Predicadores, de la benemérita Congregación de La Merced Redentora de Cautivos y demás órdenes religiosas de varones establecidas en Guadalajara durante la dominación española y que de una manera más o menos directa influyeron en la civilización y evangelización de nuestros pueblos, pero habiéndose pasado ya algunos minutos más de la hora señalada, véome preciso a terminar persuadido de que no he dicho ni la millonésima parte de lo que pudiera decirse en elogio de nuestros misioneros, de ese nuevo género de conquistadores tanto más dignos de admiración y de respeto cuanto la conquista espiritual de las almas que tomaron tan a pecho, excede a los triunfos de la espada. Y si López de Gamora llamaba en 1552 al descubrimiento de América la mayor cosa después de la creación del mundo, fuera de la Encarnación y muerte del que lo creó, ¿qué nombre merecería esta obra verdaderamente grandiosa de la evangelización de los reinos independientes del imperio Azteca llevada a cabo por sus prelados y misioneros?

            Cierto es que si la conquista obtenida por las armas realizó el ideal del pueblo español, que aspiraba a la grandeza en la unidad, ideal magnificente sintetizado en el verso de Hernando de Acuña, que suele citarse como el más célebrede los versos castellanos: “Un monarca, un imperio y una espada”, la conquista espiritual realizada por la Cruz y la Palabra, llevó a efecto con muchísima ventaja lo que recordando la doble gloria de Cortés cantó el Príncipe de los poetas españoles: “Dio al rey infinitas tierras y a Dios infinitas almas”

 

Obras consultadas

 

            Francisco Javier Alegre, Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España.

            Diego de Anesagasti y Llamas, Tonalá. Here et Hodie (manuscrito).

Diego de Basalenque, Historia der la Provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán.

Francisco Frejes, Noticia breve de la conquista de los Estados independientes del imperio mexicano.

Joaquín García Icazbalceta, (Varias obras).

Cubas García, Diccionario geográfico-histórico, biográfico de los Estados Unidos Mexicanos.

Jerónimo de Mendieta, Historia Eclesiástica Indiana.

Matías de la Mota Padilla, Historia de la conquista de la Nueva Galicia.

Ignacio Navarrete, Compendio de la historia de Jalisco.

Luis Pérez Verdía, Historia particular de Jalisco.

Tomás Ramírez, Apuntes históricos sobre Jalisco (manuscrito).

Alberto Santoscoy, (Varios opusculitos y artículos relativos a la Nueva Galicia).

Antonio Tello, Libro segundo de la Crónica Miscelánea en que se trata de la conquista espiritual y temporal de la provincia de Xalixco.

José María Orozco y Berra (dir). Diccionario Universal de Historia y Geografía,

 



Tapatío (1888 - 1981), fue abogado, historiador, investigador, catedrático y académico, especializado en historia eclesiástica, biografías, etnografía y genealogía. Con el mecenazgo del arzobispo Francisco Orozco y Jiménez viajó al Archivo General de Indias de Sevilla y al Secreto Vaticano, pie de su obra Colección de documentos históricos inéditos o muy raros, referentes al Arzobispado de Guadalajara en seis volúmenes.

Conferencia leída por su autor en la Academia de Historia de San Francisco de Sales, en la sesión ordinaria del miércoles 17 de diciembre de 1913. El texto se toma de la 2ª edición, publicada en la Tipografía y litografía de José María Yguíniz, Guadalajara, 1919.

El Reverendo padre Gerardo Decorme S.J., Rector del Instituto “San José”

Advertencia. He escrito Xalixco, Xalisco y Jalisco; Tonállan y Tonalá, Chapallac y Chapala, Tlaxomolco y Tlajomulco, etcétera, etcétera en atención a la época a que hago referencia, aunque en algunos casos la ortografía de las palabras la he hecho variar según me refiera a la capital de una monarquía misma, o bien a una población como Xalixco, capital del antiguo reino de este nombre, o a Jalisco, Entidad Federativa de la actual República de México. El sentido de las frases será lo que pueda dar a conocer al lector los motivos que he tenido para no usar de igual ortografía respecto de los mismos vocablos.

Mendieta Jerónimo, Historia Eclesiástica Indiana, Libro iv cap. 1, 387-388

Tomada de los apuntes del padre Ramírez  

Volver Atrás



Aviso de privacidad | Condiciones Generales
Tels. 33 3614-5504, 33 3055-8000 Fax: 33 3658-2300
© 2024 Arquidiócesis de Guadalajara / Todos los derechos reservados.
Alfredo R. Plascencia 995, Chapultepec Country, C.P. 44620 Guadalajara, Jalisco